Hágase Mazagón

Hágase Mazagón

El niño era pequeño, quizás seis palmos, moreno, de pelo largo, algo rellenito, de carrillos colorados. Vestía una simpática e informal camisa azul de mangas largas, una con un par de vueltas en el puño, por encima de su mano, la otra  a su completo largo, solo le permitía asomar las puntas de los dedos. Los pantaloncillos coquineros, dejaban a la vista sus pequeños pies desnudos, sorprendentemente limpios, con unas lindas uñas perfectas y cuidadas. Apareció de pronto en la puerta enorme de aquel majestuoso y mastodóntico almacén; el quicio se perdía de vista en la altura y la sombra de su cuerpo se proyectaba de una manera tan exagerada que la silueta de su cabeza llegaba casi hasta el pequeño mostrador, situado a una distancia considerable. El fondo del establecimiento se difuminaba a lo lejos en la oscuridad y reinaba el silencio, solo roto esporádicamente por golpes secos que producían las cargas y descargas de las más variopintas cosas en algún lejano lugar.

Anduvo despacio, observando los millares de baldas que conformaban la estructura interior y, pasado un rato, consiguió llegar a situarse frente al tendero. Era un hombre calvo, alto y serio, con una tiza blanca en la oreja izquierda. Llevaba gafas de anchos cristales y un viejo mandil azul de quesero con dos bolsillos al frente, una bota de agua negra y otra blanca. Eso llamó la atención del niño que instintivamente se rascó la cabeza.

—¿Qué quieres?
—Varias cosas —contestó sin hacer demasiado caso al encargado.
—¿Quién te manda?
—¿Qué se yo?
—¿Dios?
—No.
—¿Y a nombre de quién la cuenta?
—De él —–dijo señalando hacia el amarillento esbozo que trazaba la forma de un blanco casco de ingeniero, clavado sobre un tablero adherido a la pared, con fotos, papeles y dibujos.
—Faltaría más, ¿qué necesitas? —comentó pasando la hoja de un rancio cuaderno que reposaba sobre la mesa.
—¿Y esas  botas? —preguntó el niño con curiosidad.
—No están a la venta —gruñó el tendero.
—Son diferentes. Una blanca y otra negra.
—¿Y qué? —increpó, mirándose los pies.
—Tú sabrás —dijo el chico encogiendo los hombros.
—Tengo un pie más grande que el otro, ¿pasa algo?  —repitió de nuevo un poco enfadado.
 
El chico miró hacia abajo y observó sus propios pies, ambos iguales.
 
—No, nada, entonces les habrás puesto nombre, ¿no?
—Solo al más pequeño. Se llama Guarín –murmuró el hombre con más amabilidad.
—¿Por qué? ¿qué quiere decir?
—Así llaman al cerdito más pequeño de la camada. Pero vamos a lo nuestro, no puedo perder el tiempo.
—De acuerdo. —Asintió echando el último vistazo a las botas. — Pero Guarín, ¿la bota blanca o la negra?
—La blanca, mi pie izquierdo. ¿Qué quieres? —–preguntó ya algo cansado.
—Olas, muchas olas, con espuma y un pedazo de océano.
—Bien. ¿Qué más?
—Arena blanca, mucha, con algunas conchas. Y coquinas, tantas como si los granos de arena fueran caracoles y los quisieras condimentar.
—Entendido.
—Pinos en la misma cantidad, retama y romero, también cantueso y algunos espárragos, muchos conejos y algunos linces, varias águilas y dos o tres jabalíes. Pon dos parejas de ciervos, algunos caballos con sus yeguas. Voy a necesitar chocos, bastantes, y lenguados, bailas, robalos y corvinas, pavos, gallinas y algunas camarinas. ¡Ah!, también algunos delfines.
—¿No quieres cerdos?
—No, la sierra es de mi hermano; ponme estrellas, pero bien cargadas, no se me apaguen a mitad de la función, una luna y un sol; no te olvides de unas nubes, algunas blancas y otras de agua.
—Vale, a ti qué parte te ha tocado.
— Desde el Guadiana al Guadalquivir.
—Vamos bien. ¿Tu jefe no será el que ahora llaman “La partícula de Dios”?
—Creo que no. Ponme unos acantilados, pero bien despachados.
—¿De roca?
—¡NO, NO!, ¡de arena aterronada! Del tono blanco hasta el ocre. Algunas torres antiguas y  unos cuatro faros.
—¿Algo más?
—No, creo que ya está, si eso vuelvo. Bueno… olvidaba  gaviotas y algunos barcos con velas blancas, también tres familias completas de pescadores. ¡Ah!, y cañas de cañaveral.
—¿Cómo has venido?
—No lo sé.
—¿Cuándo empiezas?
—Ya. Necesito, además, una maza y un gong para despertar. Tendría que ir pensando nombres. Adiós.
 
De pronto, el chico se encontró sobre una extensa superficie desierta y oscura. Comenzó a trabajar, a crear, a poner, quitar, cambiar, observar de lejos, mirar de cerca y su obra fue tomando forma y color, consiguió la más magnífica de las maravillas, parida desde su inocencia e imaginación. Echando algo en falta, fue a cambiarle a su hermano cañas por urracas y algunas jaras, muy pocas.

Sentándose más o menos a mitad del camino, con sus manos arañó los acantilados, excavó algunos barrancos y, hundiendo sus pies en las olas, pensó: “Tengo que ponerle nombre”.

De nuevo se encontraba frente a la puerta del almacén. Ahora llevaba la camisa remangada y manchada, al igual que sus pantalones,  pero sus manos y pies continuaban impolutos, su cabello limpio, resplandeciente, y una sonrisa un tanto picarona. Despertaba la ternura de los recién nacidos.

Esta vez su sombra era corta, casi un original de su tamaño, el sol estaba más alto. Entró y observó que había muchas estanterías casi vacías, pero todavía quedaban muchas llenas. Anduvo despacio y desenfadado, ojeando algunas baldas e incluso volviéndose de vez en cuando. Al llegar a la altura del tendero, rodeó la mesa y se paró junto a él. Primero le miro la cara y después bajó la cabeza dirigiendo la vista hacia sus pies. Le alegró ver las botas mojadas y se giró un poquito concentrándose en la blanca.

—Hola Guarín, ¿cómo estás?
—Está bien. Hola chaval —dijo el dependiente, atreviéndose a alborotarle el pelo— Buen trabajo, lo he estado viendo, qué digo bueno, magnífico. Nos pagaron bien y pronto. ¿Estás seguro que tu jefe no es “la partícula de Dios”?
—No sé, yo solo creo, es mi trabajo.
—¿A qué vienes de nuevo?
—Tengo otra misión, aunque me queda firmar la obra, ponerle nombre. ¿Te importa que vea a Guarín? Enséñamelo.
—De ninguna manera, y “quien enseña el pie o asoma el culo, o es tonto o es garrulo”.
—Me ha tocado otra zona, me ha dicho que nada de mar.
—Si te atreves… Guarín te prepara el pedido. Le has caído simpático, ¿no sé porqué?
—Vale, pero me puedo buscar una buena.
—No te preocupes, mi pie tiene palabra.
—Entonces mañana vuelvo, me fío de los dos.
—Descuida, es un aventurero y seguro que diseñará una tierra de descubridores, cada mañana noto que tiene muchas más ganas que el otro de levantarse e irse lejos, este trabajo no le va. Confío en él, nunca me ha fallado, en cambio el otro…
—De acuerdo, mándamelo todo y sé generoso. Adiós.
 
El chico se fue y se sentó de nuevo en los acantilados, encontró en un barranco la olvidada maza junto al gong. Miró hacia el cielo, cerró los ojos y exclamó:
 
—Lo tengo. “Mazagón”. 
 
Federico Soubrier

Federico Soubrier

Vivo en Mazagón, localidad a la que estoy vinculado desde hace cuarenta y cinco años. Mi interés por los problemas sociales llevó a realizar los estudios de Sociología y volcarlos en la escritura, con la publicación de cuatro obras, las cuales me han facilitado la oportunidad de formar parte de los programas del Centro Andaluz de las letras, así como la colaboración en periódicos onubenses.

 

 
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